“Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento… Mateo 3.8”
Generalmente cuando escucho hablar del arrepentimiento veo que se lo confunde con sus consecuencias o con sus frutos. Así, se habla del arrepentimiento como de “un cambio de vida”; y si bien este cambio es la consecuencia natural del arrepentimiento no es el arrepentimiento en sí.
No es sano doctrinalmente confundir las causas con los efectos, y el propósito de este artículo es presentar el arrepentimiento en su esencia, y dar así una definición precisa y acertada del mismo.
En el antiguo testamento la palabra hebrea usada es “Naham” y en el nuevo testamento la griega es “metanoia”; y las dos hacen referencia no a un cambio externo, sino interno, en el intelecto y voluntad. Podemos decir sin dudas que el arrepentimiento es una obra interna; es en el interior del hombre donde Dios obra por su Espíritu en la regeneración así produciendo un cambio en la manera de pensar y en la voluntad.
Los ojos del entendiendo son abiertos, y el pecador percibe lo que antes no percibía, que su condición es pecaminosa, se ve repugnante, y determina volverse atrás de su estilo de vida pecaminosa. Luego cambiara, pues lógicamente quien cambia de manera de pensar y es afectado en su voluntad cambiara de manera de vivir.
La confesión de Westminster (16:2) dice: “Al arrepentirse, un pecador se aflige por sus pecados y los odia, movido no sólo por la vista y el sentimiento del peligro, sino también por lo inmundo y odioso de ellos que son contrarios a la santa naturaleza y a la justa ley de Dios…” Observemos estas referencias: “aflicción y odio por el pecado”, “sentimiento y percepción de peligro”, “reconocimiento de la naturaleza santa y la justa ley de Dios” todo esto es interno, la procesión es interior; por eso no fallamos en decir que es una obra básicamente interna.
También dice sobre esto el teólogo puritano John Owen: “La obra del Espíritu Santo hasta este punto [en la exposición de la Palabra y el llamado al arrepentimiento] consiste en la eliminación salvífica de la mente; y el efecto de ello es una luz supernatural por lo cual la mente es renovada.” Vemos que él habla de “la mente”, el intelecto, un aspecto interior. ¿Pero queda esto solamente ahí? Ciertamente no, luego viene el cambio de dirección en la manera de vivir; pero viene como consecuencia del arrepentimiento. Así en la segunda parte de la sección que cite sobre la confesión de Westminster dice: “Y al comprender la misericordia de Dios en Cristo para los que están arrepentidos, se aflige y odia sus pecados, de manera que se vuelve de todos ellos hacia Dios, proponiéndose y esforzándose para andar con él en todos los caminos de sus mandamientos” Entonces podemos definir el arrepentimiento como una obra interna que tiene sus consecuencias externas; pero nunca debemos confundir las causas con las consecuencias. Así, Juan el bautista llama al arrepentimiento diciendo: “hagan frutos dignos de arrepentimiento”; él diferencia acertadamente el arrepentimiento de sus frutos, por eso exhorta a que el arrepentimiento sea genuino, y que se evidencie en sus consecuencias.
No vale solamente decir estoy arrepentido, tiene que ser evidente externamente. Pero así también, una persona puede tener arrepentimiento genuino sin obras externas instantáneas; como por ejemplo aquellos que llegan al arrepentimiento antes de morir, que no tienen tiempo para demostrar externamente su arrepentimiento (en obras), solo de labios, pero son salvos porque como sostenemos aquí, el arrepentimiento genuino es interior. Si bien aunque esa persona no podrá demostrar un cambio en la manera de vivir, pasará a la eternidad con una mente transformada (metanoia), arrepentido y creyendo.











